YO QUIERO SER PARQUEADOR | Revista La Calle
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YO QUIERO SER PARQUEADOR

Aparecen como por arte de magia. Aun no se desvanece el sonido de la puerta del carro al cerrar cuando a tu espalda oyes la voz “aquí estamos hasta las seis de la tarde”. En el mejor de los casos te reciben con una educación apabullante: “Buenos días, no se preocupe, tómese el tiempo que requiera”; en el peor, emergen de pronto ya casi a punto de arrancar el motor y te espetan “estoy aquí”.   Los “parqueadores” inundan la ciudad, al menos en La Habana no hay espacio posible donde  esos cuidadores no asomen con su sonrisa contagiosa y su chaleco rojo común, haciendo gala del logotipo de Habana Club, como seña de identidad.

En los últimos años en todo el país muchos espacios públicos han sido otorgados bajo concepto de arrendamiento a un grupo de empleados para el cuidado del transporte particular o estatal. Sin lugar a dudas es una opción de trabajo no estatal de lujo cuando las tarifas de precios que se cobran por su servicio no sobrepasan la cantidad equivalente a un salario casi íntegro, o superior, lo cual suele suceder a menudo.

Y es que si bien se establece un contrato entre el cliente y el parqueador que incluye el monto a pagar, tal cantidad es solo una mínima parte de lo que se paga realmente; pues existe un pacto extraoficial que supone un pago muy superior a lo legalmente establecido, que de no cumplirse por el “beneficiado”, es decir, el propietario o responsable del vehículo, este no podrá parquear en ese lugar o el carro correrá más riesgos que garantías en el local.

Pero no me refiero ahora a esos “parqueos semi-privados” sino a los “parqueadores” que cual magos,  aparecen en calles y avenidas y en cuanto sitio debemos detenernos a realizar una gestión.

Aclaro que no tengo antipatía alguna contra ellos, sobre todo en tiempos donde Cuba se ha abierto al pluriempleo, a los pequeños negocios y al trabajo por cuenta propia como fórmula de mejoramiento económico y social para su gente,  y este  modo de sostenimiento se vislumbra como una de las mejores opciones.

Explico los “beneficios” de ese empleo hoy en día:

Primero:  el parqueador no tienen un espacio fijo en la ciudad, ni necesitan una tablilla o talonario de precios, por lo cual se desconoce el valor del servicio que prestan, ni cuanto pagarle, claro está – satírico hecho en un país que se organiza- ; segundo: no tienen gastos de materias primas, inversión de capitales o pagos a terceros, a no ser conseguir el envidiable chaleco, algún mueble obsoleto para sentarse y en algunos casos un perro o un libro; tercero: no tienen que poseer visible su registro u autorización para ejercer esta labor pública,  ni contar con registro sanitario, aunque a veces su propia imagen y aliento – a veces etílico- deja mucho que desear.

Cierto es que existen parqueadores y parqueos que cumplen, sin dudas,  una importante función organizativa y de protección a los vehículos en sitios cercanos a centros comerciales, hoteles, instituciones, grandes empresas, terminales y otros sitios, lo cual genera tranquilidad en quienes se encuentran en una reunión de trabajo, una comida familiar, o sencillamente estén de compras o alguna otra gestión.

Ahora bien, una cosa es facilitar imprescindibles espacios que contribuyan al orden, al cuidado, a disminuir aglomeración de vehículos en zonas urbanas, y otra distinta es que en cualquier parte aparezca un supuesto “cuidador”, aun cuando las condiciones para que un automóvil sea objeto de robos, maltrato o contratiempo alguno son casi nulas,  o se trata de zonas con protección y vigilancia especializada.

Incluso puede darse el caso donde el parqueo esté prohibido por ley y asomen estos hombres de chaleco rojo, para ofrecerse a mantener su transporte asegurado. Casi siempre en estos sitios ha desaparecido la señal que indica la prohibición o no existe un control regulatorio de inspectores o agentes de tránsito y vialidad.

Cabría preguntarse si fuese esta una modalidad de trabajo “por cuenta propia”, con todos sus deberes y derechos,  cuan generadora es de verdaderos beneficios para quienes en ocasiones se ven casi obligados a utilizarla, o si por el contrario conduce al desconcierto, a la desorganización de sistemas implementados en la ciudad, o a la molestia y perjuicio de ciudadanos que en reiteradas ocasiones en el día deben erogar de su bolsillo una cantidad de dinero por el “supuesto” cuidado del vehículo.

No sería infructuoso establecer tarifas de precios, si no es que ya existen, y hacerlas visibles, así como establecer señas que permitan reconocer con facilidad a los verdaderos parqueadores “estatales o por cuenta propia”, para evitar confiar solo en el chaleco con el logo del ron Habana Club, que nada tiene que ver con la función de estos cuidadores públicos. Bien pudiese colocarse un logo que identifique a estos trabajadores con la labor que ejercen.

Todo este desbarajuste quizás en muchos casos conlleve a la estafa o lo que es peor a dejar el “divino” medio de transporte en las manos menos indicadas.

Como cualquier modalidad de trabajo -particular o estatal-, esta es legítima y por supuesto necesaria, sobre todo en La Habana, donde el sencillo acto de parquear se convierte en ocasiones en una aventura de alto riesgo;  pero que en cada fragmento de calle o espacio público exista uno de estos cuidadores del transporte, pudiera ser el ejemplo claro del descontrol o de un negocio ciertamente in crescendo y muy lucrativo.

Si fuese lo segundo, yo también quisiera ser parqueador.

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  • Felix Enrique Valle García dice:

    Felicidades por tan buen artículo