Tú, mi barrio | Revista La Calle
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Tú, mi barrio

Mi barrio es un rostro común, de esos que vemos a diario y que pueden olvidarse. A veces sonríe, es coqueto, se limpia los baches y maquilla sus calles; otros días parece palpitar, y por sus arterias fluye la cubanía convertida en música, pegajosa como el mela´o de caña.

Mi barrio seduce desde la sencillez, con el toque místico de farolas apagadas, aceras húmedas y grafitis que se reproducen como bacterias. Es una aldea, con dialectos y tradiciones, donde convergen la cultura urbana y la académica, cocinando un ajiaco digno del paladar carpentiano.

Muchos se marcharon de mi barrio, persiguiendo sueños que no les cabían en el pecho; otros se colaron en la “familia”, que se reproduce y plaga las cuadras de “tíos”, “primos” y “consortes”; pero todos, los de “dentro” y los de “fuera”, comparten las mismas raíces, un lazo que se traduce a veces en lágrimas, en reencuentros, en añoranza o desarraigo. Porque mi barrio es un sentimiento, de esos que se nos cuelan a mitad de la madrugada, o bajo un aguacero, o en un beso robado.

No todos en mi barrio comparten las mismas ideas, pero si las metas; por eso el juego de dominó es un debate, uno donde se gritan los problemas y se resuelven, entre “pata y pata”.

Las mujeres, desde el interior de las casas también “juegan”, innovan el menú de la cena, actúan e interpretan papeles de maestras, nanas, enfermeras y narradoras; son el motor, los engranajes y el combustible de mi barrio.

En ocasiones veo a mi barrio como una puerta, una que te conduce hacia muchos lugares; una que te permite regresar a otros tantos. Es un boleto, una promesa, un refugio.

Es belleza en su estado natural. Lo cierto es que mi barrio no es fibra muerta, madera, cemento o metal; mi barrio no son los postes, los portales, las tarjas, los cañaverales, las lomas o los parques; mi barrio a veces se cae, se levanta, se sacude el polvo, y sale a colonizar las calles de esa casa, que llamamos Cuba.

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