Los héroes también sienten miedo | Revista La Calle
orlando cardoso villavicencio

Los héroes también sienten miedo

Parecía inalcanzable, ¿será un espejismo o acaso realidad?, en fin, sin esperarlo, sin tan siquiera imaginarlo, estaba parado frente a mí, en mi propia casa, en mi propio patio, estaba allí, con su esbelta figura, sus ojos azules, las mejillas rojas y el pelo canoso por el paso de los años.

El hombre hecho historia, a quienes los cubanos admiramos por siempre, Orlando Cardoso Villavicencio, el Héroe de la República de Cuba, sencillo, amable, locuaz, presto a cualquier comentario, el combatiente que por momentos prefiere no hablar del pasado por considerarlo una pesadilla que viene y va en su memoria.

No podía ser de otra manera. ¿Quién lo diría?, feliz tarde de sábado y también de domingo, porque al regresar del trabajo productivo nacional que tuvo lugar este 26 de marzo en la Empresa de Granos Valle del Caonao, en Meneses, volvió al patio, que según él lo atrapó, para sellar lo que consideró el inicio de una nueva amistad, con familias espirituanas.

Estoy frente a un Héroe —pensé— y también frente a un gran escritor, aprovecho entonces para hablar de su obra, las primeras: Wendy y el duque Pedro y El reino embrujado fueron escritas en prisión. De pronto se recuesta al asiento y sin preguntárselo narra cómo las creó. “Comencé a escribir en la celda, soñaba con llegar a Cuba y poder publicar mis libros, primero, los de literatura infantil, para luego entrar en la producción de novelas de ficción, ya suman seis los títulos publicados, ahora hay otros en fase de preparación, incluso, el guion de un largometraje que llevará el nombre del libro Reto a la soledad y otro texto con anécdotas de mi vida en una prisión somalí; aunque no constituye una segunda parte de la obra inicial, solo aspectos pendientes”.

Villavicencio fuma un tabaco, sonríe, siempre sonríe, habla con los amigos que lo rodean, Edel Ángel, Carlos, Norge, Arnaldo y el pequeño Cristian; los temas varían: de la literatura a la agricultura o las técnicas más eficaces para lograr una mejor producción de alimentos, también se refiere a la amplia y variada agenda de trabajo que desarrolla cada mes en distintas provincias de Cuba.

Recuerda que en una ocasión visitó el centro penitenciario de Ariza, en Cienfuegos, y se sorprendió con el alto hábito de lectura que existe entre los reclusos. “Se sabían mi obra de memoria —dice—, algunos me hicieron preguntas que nunca nadie había hecho, entonces pensé en la diferencia que hay en relación con las cárceles de otras partes del mundo”.

Durante este encuentro casual observé detenidamente a quien, sin vanagloriarse, con una modestia increíble, hablaba de su familia, de la esposa comprensiva, las dos hijas, entre ellas la que con solo 26 años es piloto de aviación, del varón que aspira ser médico, del nieto que le roba el sueño…

Mencionó al Comandante con un sentimiento muy profundo, a los demás Héroes, hermanados para siempre; habló de su día a día, del amor por la naturaleza, de la promesa de volver a Santi Spíritus y visitar el periódico Escambray, de los miedos, esos que lo acompañan siempre: “Yo le temo a los aviones y a la oscuridad”.

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