Los 105 de Saro | Revista La Calle
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Los 105 de Saro

Me habían advertido su lucidez a pesar de los 105 años vividos. Sin embargo, probablemente sería una conversación a tientas: entre anécdotas debería atar cabos para contar una historia coherente, pensé. Pero Saro sorprende. La nitidez -escasa en sus ojos vivaces, maltrechos por la edad-, desborda los recovecos de su memoria.

Las preguntas encontraron respuestas claras: algunas requirieron un poquito de tiempo para reflexionar, sacar cuentas, pero al final aparecieron, dejando en claro que si bien es un hombre como todos, imposibilitado de escapar a su tiempo, ha estado muy a la altura de él.

“Según mamá nací el 13 de agosto de 1913, aunque aparezco inscrito en 1920. Cuando Fidel nació tenía 13 años. Ella murió a los 108; mi padre, más joven. Éramos 12 hijos, solo quedo yo”.

Pero Saro y Fidel tienen más en común que la fecha del natalicio y la curiosa combinación matemática a base de 13. Compartieron los ideales de justicia e igualdad enarbolados durante la lucha contra los gobiernos de la República Neocolonial en Cuba. Claro, Saro no necesitó ponerse en la piel de otros para entender las terribles desigualdades de aquella sociedad, tiene en la suya huellas de las calamidades de la clase pobre.

“Soy natural de San Diego de los Baños. Cuando mamá enviudó fuimos a vivir a Los Palacios. Allí repartió los muchachos y se quedó con las tres hembras. No podía con todos. Trabajaba como doméstica en la casa de José Tomás Guerra, dueño de una vaquería en El Sitio.

“Era un niño cuando me dejaron con Meregildo Hernández, para que terminara de criarme. En su casa estuve hasta que pude trabajar. Tendría unos 15 años cuando comencé a cortar y guataquear caña en Sumalacara, una zona de grandes plantaciones del cultivo, que tributaba al otrora central La Francia.

“Luego laboré en la construcción de la Carretera Central como aguador, desde el puente de Santo Domingo, Fierro, hasta el Entronque de Palacios. Había salido a buscarme la vida: trabajaba por aquí y por allá, no tenía una morada fija, dormía donde podía. Fui carretero en Guasimal, Isla de Pinos y Palmarito, fincas de latifundistas”.

La puesta en práctica del diferencial azucarero elevó los salarios de los trabajadores del sector en un 13 por ciento (%) en 1946, y en un 41 %, en 1947.

“Cobré unos pesitos en el central y me fui a La Habana. Allá vendí periódicos: El Crisol, El País…, y permanecí hasta 1950 0 1951, cuando regresé y conocí a Ramona López Gutiérrez en Los Palacios. Ella cocinaba en un hotel en San Diego. Me enamoré, nos casamos y nos radicamos en La Habana. Allá nacieron nuestros cuatro hijos: dos hembras: Ana (67 años) y María de los Ángeles (59), y dos varones: Jorge (66) y José Esteban (63)”.

En la capital, Saro Posada Hechavarría participó en la lucha clandestina contra el régimen batistiano y sufrió persecución. “Estuve detenido en el Quinto Distrito, allí me salvó la vida un policía.

“Al triunfar la Revolución, vivía en el barrio La Lisa. Muy temprano en la mañana me enteré con un vecino que Batista había huido. Recuerdo que Cairo, un capitán de la tiranía, residente cercano, huyó también. La gente salió a la calle y gritaba: ¡Se fue Batista! ¡Se fue Batista!”

Entre finales de 1959 y principios de 1960, Saro regresó a su tierra natal, a vivir en las cercanías del Entronque de Fierro, en San Cristóbal. “Era una casita de guano hecha por un tío de mi hija Ana, allí me acomodé con mis hijos y mi señora”.

Pronto, Saro abandonó a su familia para incorporarse a la lucha contra bandidos en la Sierra de los Órganos. “Me integré bajo las órdenes de Pedro Martínez y el capitán Manuel Borjas. Mi trabajo consistía en la captura de alzados, desde Piedra Blanca hasta el Cabo de San Antonio (toda la zona montañosa).

“De esos años recuerdo con orgullo mi participación en el cerco de El Toro, en las montañas sancristobalenses.

“Cuando ocurrió la Invasión a Playa Girón me movilizaron como miembro del Batallón 35 en Los Pinos, para partir hacia la zona del desembarco. Pero una contraorden indicó que la situación estaba dominada. Regresamos a Los Palacios, donde estaban las compañías al mando del capitán Borjas y el comandante Nogueira”.

Durante la conocida Crisis de Octubre en 1962, Cuba contó también con la disposición combativa de Saro para su defensa. Ubicado bajo las órdenes de Ernesto Che Guevara, lo enviaron con una compañía a custodiar la costa norte de Bahía Honda, desde el faro de La Fría hasta el Carenero.

Tras el cese de las agresiones militares a Cuba en los primeros años de la Revolución, trabajó en la extracción de abono para labores de reforestación en La Cueva, situada en la subida de El Toro; más tarde en una empresa forestal como responsable de Construcción, pero debió abandonar la vida laboral antes de los 60 años por problemas de salud.

Aunque recibe una pensión de 200 pesos, exigua para los exorbitantes precios de los productos y servicios hoy, abona puntualmente su cuota como militante del Partido (desde 1969), la cotización de los CDR, la ACRC, la Aclifim. Saro recibe los servicios del Sistema de Atención a la Familia (SAF) en un restaurante cercano a su modestísima casita de madera, donde convive con su hija Ana y su nieta Nalanis.

Este anciano, merecedor del Sello de los Combatientes, de la medalla de fundador de los CDR, la Conmemorativa por el 60 Aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, entre otras distinciones; desconoce el secreto de la longevidad. Aunque advierte: “Yo camino, si me paro es peor”.

Con su bastón metálico, se le ve desandar el barrio, sentado cerca del punto de venta estatal de productos agropecuarios, o de camino al restaurante. La poca visión le impide jugar dominó como antes pero aún disfruta un poco la pelota en la televisión, y asegura bañarse solo.

“Bueno, vamos a ver si el año que viene estoy vivo”, suelta con tono medio jocoso pero muy en serio, así a quemarropa, antes de nuestra despedida. -“¡Cómo no, con esa vitalidad! Ya quisieran muchos jóvenes tenerla”. Me gusta creer que Saro es como aquel personaje de Francisca, en el cuento de Onelio Jorge Cardoso, que de tanto andar de aquí para allá, de una labor en otra, la muerte se cansó de buscarla.

*(Escrito por la periodista Aydelín Vázquez Mesa, tomado de El Artemiseño)

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