La misteriosa cuerda del reloj de Cuba | Revista La Calle
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La misteriosa cuerda del reloj de Cuba

Hay hechos sorprendentes y otros simbólicos; y los hay en los que, curiosamente, se unen sugestión y simbolismo. Eso dije hace un tiempo en esta columna, y lo repito en la víspera de este singular 19 de abril.

En aquel entonces, una estudiante de Periodismo había descubierto, casualmente en el Museo de la Revolución, que el reloj de bolsillo de Carlos Manuel de Céspedes —el Padre de la Patria— funcionaba aún a la perfección.

Para algunos la singular noticia no tendría mayor significado, pero a este columnista le pareció siempre como una cábala en tiempos que marcan un «Rubicón» en la historia de la nación.

Si los filósofos afirman que nadie se podría bañar nunca en el mismo río, porque las corrientes de siempre le obligarán al chapuzón en aguas nuevas, es preciso asumir que el destino colectivo de esta Isla se zambulle por inéditos y desafiantes cauces.

Cuba vive la circunstancia de lo que algunos llaman una «situación revolucionaria». La diferencia es que en nuestro caso tanto la dirección política como el pueblo adquirimos conciencia de su existencia, y tenemos una postura coincidente ante las retadoras circunstancias que deberá vencer el proyecto socialista de independencia nacional y justicia social asumido por los cubanos, porque el día en que ambas fuerzas se situaran en orillas opuestas marcaría el minuto de parálisis y retroceso de nuestra historia. En ese momento estallaría en su resguardo el reloj de bolsillo del hombre de La Demajagua y con ello se cortaría el grito redentor con cuyo eco hemos avanzado hasta hoy.

Por ello es una bendición esa concordancia entre la dirección política y el ansia transformadora del pueblo en el momento en que el sistema institucional fundado por la Revolución deberá comenzar a afrontar su más dura prueba de fuego: el paulatino traspaso generacional.

Nunca como ahora debe recordarse que a los cubanos sus enemigos nos presentan como un pueblo esclavizado cuando no fanatizado. Esa manipulación terminó por convertirse en táctica política de algún sector reaccionario dentro y fuera de Estados Unidos, para el cual la llamada «solución biológica» era la mejor apuesta con vistas al derrocamiento de la Revolución.

Para esos apostadores, la desaparición física de los «hermanos Castro» —como suele llamarlos la prensa occidental dominante—, y de la denominada generación histórica, podría tener un efecto fulminante.

Pero, a contracorriente de semejantes cavilaciones, el socialismo cubano se las ha arreglado hasta hoy para ser dialéctico y potencialmente capaz de enfrentar sus contradicciones sin renunciar o sacrificar fundamentos.

Tal vez por ello, uno de los poderosos medios trasnacionales se viera precisado a reconocer, en los días previos a la realización de la reciente Cumbre de las Américas, en un artículo sobre las «paradojas» de ese evento, que se aceptaba la presencia de la Isla mientras se excluía a Venezuela, porque en nuestro caso se trataba de una «dictadura consolidada», que ya había demostrado su resistencia frente a todas las presiones internacionales.

En su retórica contra la Revolución, sus enemigos han tratado siempre de presentarla desinstitucionalizada. Según ese discurso, en Cuba no existió un modelo social democrático, ni elecciones libres, ni Estado de derecho, ni Parlamento… En la «lógica» de esos analistas, con la muerte de unos hombres llegaría también el entierro del proyecto que encabezan.

En un cambio sibilino de táctica y estrategia, solo el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, en su polémico mensaje desde el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, admitió que la Revolución fue para los cubanos una opción históricamente razonable. «Desde 1959, algunos estadounidenses veían Cuba como un lugar del que se podían aprovechar, ignoraron la pobreza y permitieron la corrupción. Desde 1959, hemos sido como boxeadores con un contrincante imaginario en esta batalla de geopolítica y personalidades», aceptó.

Y aunque no falten quienes pretendan verla como una opción nacida de la «sovietización internacional», lo cierto es que en Cuba la opción socialista fue particularmente estimulada por la mala experiencia del país en sus más de 50 años de capitalismo dependiente —el que volvería a tocarnos por la libreta de racionamiento de modelos políticos.

Precisamente por ello tiene tanto valor que ese sistema llegue a la renovación de la Asamblea Nacional y de su Consejo de Estado, validada por el 85,65 por ciento del total de electores, una expresión de que, pese a las inconformidades —formalismo, burocracia, insensibilidades, incluso ineludibles necesidades de cambios profundos que se espera sean recogidos en una futura reforma constitucional—, goza de un amplísimo respaldo y autoridad popular.

Igual de importante es que se llegue a este momento con un reconocimiento de la instancia política que por mandato constitucional constituye la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado —el Partido Comunista—, de que los problemas estructurales que enfrenta el modelo socialista son más graves de lo que se previó en un primer momento, además, de que se requiere llevar la transformación a feliz término.

En el tablero de los cambios están en juego aspectos estructurales, funcionales, institucionales, jurisdiccionales y hasta políticos con derivaciones en lo económico y lo social, con un énfasis especial en la importancia de solidificar el proceso de institucionalización.

Como puede verse, no se trata de hacer andar empecinadamente un reloj cualquiera, pues desde Céspedes hasta este minuto los desafíos de Cuba crecieron sustancialmente.

El simbolismo está en que este país no tiene solo por delante hacer parir mejor las tierras y las fábricas, y en consecuencia cubrir mejor las mesas y las vidrieras. Se trata de demostrar que el socialismo puede generar más equidad, bienestar y libertades. El lance es tan grave como ser capaz de levantar un paradigma atractivo y sustentable frente a un capitalismo que ha demostrado capacidad de acomodo y superación de las crisis, además de un galopante y provocador desarrollo tecnológico, pese a su irracionalidad, desenfreno, iniquidad y amoralidad.

Para hacerlo, en el caso de Cuba debe resolverse la contradicción acumulada en estos años entre el nivel de educación, y por consiguiente de expectativas creadas, y el país real en el que la gente vive.

Debe lograrse que los ardores creados por la anterior paradoja desemboquen en la construcción común de una dinámica económica, política, social, cultural y tecnológica renovadora, y no en el escapismo o la enajenación que harían precaria y dudosa la supervivencia en el mundo actual.

En el avance dentro del inevitable y delicado terreno de prueba y error que reclama el ignoto camino hacia la construcción del socialismo, el amuleto perfecto para resguardar los sueños fundacionales se ubica precisamente en la práctica política inaugurada en aquella intercepción habanera de 23 y 12: la soberanía popular.

Como ha subrayado Raúl en sus últimas intervenciones públicas, ninguna decisión trascendente puede ser adoptada en el país sin consulta con el pueblo: democracia socialista. Transparencia, contrapeso y control popular levantándose como aquellos fusiles del 16 de abril de 1961.

Es preciso hacer sentir a todos que con sus manos y su aliento dan cuerda al reloj cespedista, para que siga marcando, indetenible, las horas futuras de Cuba. Su terco tic tac anuncia que seguimos en tiempos de fundación.

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