La esquina de mi casa | Revista La Calle
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La esquina de mi casa

En la esquina de mi casa tocó Silvio Rodríguez y el Buena Vista Social Club.

Allí no existe alguna sala de concierto o teatro o tarima. Lo más elevado que hay en la calle es la pila de escombros, muestra del empeño del cubano de construir por esfuerzo propio su vivienda. Ah claro, y en la altura también persisten las casas de las ricas familias que en el siglo XX de la Habana Vieja fueron comprando inmensas propiedades que estuvieran acorde con la opulencia y ostentación de su cuenta bancaria.

Solo que ahora ya no son casas, extrañamente se les da el nombre de edificios, porque las antiguas viviendas que antes englobaban toda una manzana fueron divididas para que, simulando un iglú esquimal, los vecinos pudieran “acomodarse” en solo unos pocos metros cuadrados, a su vez divididos en dos plantas por una barbacoa.

Si en la esquina de mi casa se levantara un teatro qué diferente fuera todo. Pero el escenario se pinta solo. Allí, no exactamente en una tienda del Estado, pero la gente encuentra huevos, paquetes de leche en polvo, aceite y hasta carne y pescado por la libre, y refresco frío por si no tienes refrigerador.

De los pregoneros de antaño quedaron los carretilleros que ofrecen frutas, viandas y ensaladas a sobre precio, mas como dice Eusebio, el que vende aguacate: “no hay que caminar mucho para encontrarlo”. Y si quieres útiles para el hogar, del trabajo por cuenta propia proviene el detergente y el cloro para el baño.

Exactamente en la esquina donde tocó Silvio Rodríguez y el Buena Vista Social Club mi hermano y sus amigos juegan al béisbol o al futbol si viene Pedrito, el dueño del balón. Corren descalzos sin temor a pincharse, y cuando vuela la pelota, ¡Cuidado! Lo peor nunca es la caída de un cristal sino el derrumbe de las ruinas que quedan al frente.

Lo más común a otras esquinas y barrios de La Habana, es que los niños marchan puntuales al colegio con las camisas planchadas y los zapatos limpios, pocos harán las tareas enseguida que regresan de la escuela, primero siempre la televisión. A las ocho de la noche se establece el toque de queda. “Cuando empiece la novela que tú estés bañado y comido”, es todo lo que pide la madre y la abuela.

Distinto al ambiente civilizado de otroras zonas residenciales, en mi esquina se anochece tarde y se amanece temprano, la madrugada está hecha para jugar al dominó, y los obreros suenan sus botas desde las cinco de la mañana.

De balcón en balcón se extiende el ruido de la olla de presión y el equipo de fumigación extremezclados con las voces de negros y blancos: “Tírame la java, Fefa”; “Ese es un vago, chica”; “Cuidado con el aguaaaaaaaa”…PLAFF!!!

En mi barrio de esquinas añosas e inacabadas los bicitaxis son el medio de transporte por excelencia y sus improvisados timoneles no pierden oportunidad de piropear, si todavía se le puede decir así, a la blanca y a la mulata de cintura estrecha.

¡Qué calor! ¡Qué frío! En dependencia de la estación del año, en este tipo de esquinas por ahí siempre empieza la conversación. En las colas uno se entera quién ganó anoche en la pelota y quién arregla mejor las uñas, si el turbinero no puso el motor y porqué faltó pollo por pescado.

Es increíble que en una esquina tan barroca como poco convencional hayan tocado Silvio Rodríguez y el Buena Vista Social Club, justo después de cantar en la Casa Blanca. En el barrio de Jesús María, Omara Portuondo cantó “20 años” y fue distinguida con el Premio Pablo.

El alcohólico, el universitario y el extranjero se dieron cita en la misma esquina de mis amores y desencuentros. Se tarareó El Necio y se bailó el Chan Chán. Mi esquina devino escenario alternativo con exquisito sonido, cuidadosamente iluminado, libre de costo.

Debe haber algo especial en esa orilla de mi calle, maltrecha sí, sin muchos adornos, pero de gente natural y leal, cubanos al fin a los que a Silvio y el Buena Vista Social Club enorgullece tocar.

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