La doctora de San Miguel Arcanjo | Revista La Calle
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La doctora de San Miguel Arcanjo

Las Tunas.— Quienes aseguran que las mujeres brasileñas son las más hermosas del mundo, nunca han visto a Sailín Kindelán Ávila. Joven, trigueña, simpática, comunicativa, esta doctora tunera de 29 años de edad, recién llegada de Brasil, no solamente llevó hasta ese país la belleza de las cubanas, sino también su competencia en la noble profesión y la dignidad de la que están investidas.

No habían transcurrido dos meses de su retorno a Sudamérica, luego de unas vacaciones en Cuba, cuando ella y el resto de los miembros del contingente criollo destacado allí fueron informados de la decisión del Ministerio de Salud Pública de terminar la participación cubana en el programa Más Médicos para Brasil. La manipulación política y el irrespeto manifiesto del presidente electo no dejaron otra salida.

—Doctora, ¿en qué momento de su vida viajó a Brasil?

—Me gradué en el año 2013 en la Universidad de Ciencias Médicas Doctor Zoilo Marinello, de Las Tunas. Al concluir el servicio social, me preguntaron mi disposición para cumplir una misión en Brasil. No tuve que pensarlo y respondí que sí. Ya para entonces era especialista en Medicina General Integral. Luego fueron 21 días de aprendizaje de portugués médico y básico en La Habana. Volé el 12 de junio de 2017.

«Previamente, me preparé acerca de la historia de Brasil, su geografía, regiones endémicas, clima, costumbres, formas de vestir y de comer, zonas más pobres… Fuimos directo a Brasilia, capital del país. Allí permanecimos varios días actualizando la documentación. Supe que estaba destinada al municipio de San Miguel Arcanjo, en el estado de Sao Paulo».

—¿Cómo fue el recibimiento que les dispensaron allá?

—Muy emocionante. En el aeropuerto de Sao Paulo nos estaban esperando los directivos de la Secretaría de Salud del estado y del municipio, además de nuestros compatriotas que habían terminado su misión. Ellos nos explicaron detalles sobre cómo llevar prontuarios, el manejo de las recetas, el tratamiento a los pacientes… Eso nos resultó sumamente provechoso.

«Después del recibimiento, abordamos un pequeño ómnibus y nos llevaron hasta nuestros municipios. El que me tocó no se parece en nada al Brasil de las telenovelas. Al contrario, está enclavado en una zona muy pobre. Tiene a su alrededor una floresta muy bonita y llena de verdor, en la que abundan los animales. Las personas primero nos miraron con cierta reserva, pero luego nos manifestaron simpatías».

—¿Qué encontraste en ese municipio en materia sanitaria?

—La pobreza suele ser un excelente caldo de cultivo para las enfermedades. Impide que quienes la sufren puedan acceder a los servicios de las clínicas privadas. En las comarcas remotas la inestabilidad de los médicos es enorme. Entonces nuestra llegada fue como una bendición para aquella gente olvidada, que comenzó a colmar la Unidad Básica de Salud.

«Encontramos muchos diabéticos e hipertensos. Comprobamos que pocos tenían idea de cómo convivir con sus males a partir de una cultura alimentaria. Les sugeríamos el tipo de comida que debían consumir. Pero no nos obedecían, pues pensaban que solo era para hacerlos bajar de peso. Por allá abundan las muertes por cáncer o por insuficiencias renales crónicas».

—¿Y en qué situación de salud encontraste a los niños?

—Padecen con mucha frecuencia enfermedades gastrointestinales y parasitismo. Evaluábamos su crecimiento y desarrollo en las consultas programadas. A algunos los veíamos a los dos meses de nacidos, y luego al año. Sus padres nos los llevaban al puesto de salud si querían algo específico. Es comprensible, porque carecían del hábito de frecuentar a un médico.

«Además de los niños, en mi comunidad yo atendía unos 3 500 pacientes, casi todos procedentes de zonas rurales intrincadas. Venían con padecimientos tales como úlceras, dermatitis… Las embarazadas de riesgo figuraban también entre nuestras beneficiarias. Les contralábamos la presión, la temperatura y otros parámetros. Pero no participábamos en sus partos, pues ese acto debía asumirlo el personal paramédico brasileño».

—¿Cómo eran las rutinas de trabajo en tu comunidad?

—Nuestra jornada laboral era de ocho horas, seis días a la semana. La jornada restante era de superación, y nos suplía en el puesto un médico brasileño, que solo daba consultas un par de horas. A media mañana recogía sus cosas y se marchaba, sin importarle que quedaran pacientes sin atender. Las personas se quejaban no solo por eso, sino, además, porque no las examinaba ni profundizaba en sus padecimientos.

«Yo llegaba temprano al consultorio y ya aguardaban por mí varios pacientes. Algunos no tenían nada, solo aprovechaban la novedad de tener una doctora a mano para que ella les prescribiera análisis. Inventaban males para convencerme de que, en efecto, estaban enfermas, aunque no supieran de qué. Cada tres meses, nos reuníamos con los médicos cubanos y brasileños más cercanos para discutir temas como diabetes, gestación, en fin… Además, el programa Más Médicos organizaba para nosotros eventos científicos on line en internet».

—¿También visitaban a los enfermos en sus viviendas?

—Programábamos visitas a nivel de domicilio, en especial para quienes no podían trasladarse hasta el puesto de salud por sus propios medios, como los encamados. También visitábamos a aquellos que, por haber sufrido un accidente vascular encefálico, tenían como secuela una parálisis o una hemiplejia. En la programación incluíamos a los ancianos, o, excepcionalmente, a algún enfermo que nos lo solicitara.

«La drogadicción y el alcoholismo son comunes por allá, pero no existía un programa para eliminar estos vicios. Cuando un padre u otro familiar del adicto venían a pedirnos ayuda, lo que hacíamos era remitirlos a los sicólogos y a los nutricionistas para que los trataran. Eran casos muy tristes. Igual que los indigentes pernoctando en plena calle».

—¿Tuvieron buena acogida entre la población de la comunidad?

—¡Excelente! A pesar de que los habitantes del municipio no son muy sociables, se nos acercaban en son de amistad y hasta nos invitaban a visitar sus casas. Intercambiábamos recetas de cocina. Ellos no conocían el congrí, pues consumen por separado el arroz y los frijoles. Nosotros se lo enseñamos a hacer. A su vez, nos mostraron cómo se elaboran la peyuada, la tapioca, los churrascos… Pasábamos momentos muy buenos.

«En la zona bajo nuestra jurisdicción existían también una colonia japonesa y otra italiana. Las dos conservan desde que se instalaron en la región sus tradiciones culturales y culinarias. Con algunos de sus miembros compartimos en más de una ocasión en actividades. También los atendíamos cuando alguien de estas familias afrontó algún problema de salud».

—¿Alguna vez te sentiste rechazada por algo?

—Por la población de mi municipio, jamás. De la gente a la que atendí solamente recibí gratitud y amistad. Algún despistado me hacía preguntas que me daban deseos de reír. Por ejemplo, que si era cierto que en Cuba la gente estaba obligada a andar vestida de verde olivo. Yo le explicaba que eso era mentira, que nos poníamos lo que mejor nos pareciera. Y entonces decían «ahhh, es que alguien me lo dijo…».

«La desinformación y el desconocimiento sobre nuestro país llegan a desconcertar. Tuve un paciente que me preguntó una vez: “Doctora, sé que pronto irá a visitar a su familia, ¿en qué carro hará el viaje?”. Lo miré fijamente para confirmar si se estaba burlando de mí. Pero no, ¡hablaba en serio! Le aclaré que a Cuba se va en avión o en barco, porque es una isla rodeada de mar. ¡Y casi no creyó en mis palabras!».

—¿Y la despedida en el municipio cuando terminó Más Médicos? 

—La organizaron los trabajadores del puesto y la Secretaría de Salud nos agradeció. Fue muy emocionante, aunque todos quedaron dolidos. Yo me alegré, pues regresaba a Cuba junto a mi familia. Pero también sentí tristeza por abandonar a aquella gente, para quien nuestra partida resultaría un tremendo trastorno en lo que a atención médica se refiere. Sabíamos que si Bolsonaro ganaba las presidenciales de Brasil podía ocurrir algo así. No creo que muchos médicos brasileños estén dispuestos a internarse en aquella zona intrincada.

«El día de la partida  para Cuba todos lloramos un poco. Más de uno me preguntó: “Doctora, ¿y ahora qué hará?”. Le respondí que en mi país existe una Revolución legítima, y que allá me aguardaba mi plaza como graduada en Medicina. No podían creer la inexistencia del desempleo, que nadie fuera lanzado a la calle y que  el Gobierno protegía a todos sus ciudadanos».

—Ahora háblame de la llegada a Cuba y a tu tierra tunera…

—¡Lo máximo! También me emocioné muchísimo. En el mismo aeropuerto nos recibieron autoridades del Gobierno y del Ministerio de Salud Pública. En Las Tunas continuó la alegría por la llegada. En mi barrio los vecinos me tenían preparada una recepción. Fue un momento muy bonito que no olvidaré.

«Pronto me incorporaré a trabajar en el policlínico Guillermo Tejas, al que pertenezco. Retomaré mis rutinas profesionales y en cada jornada intentaré que los pacientes que lleguen a mi consulta la abandonen con mejor semblante. Eso sí, durante un buen tiempo una zona de mi pensamiento estará ocupada por aquella gente buena y pobre de Brasil, a quienes un Gobierno irresponsable le escamoteó el derecho humano de la salud».

—Por último, ¿y si te vuelven a proponer una misión similar?

—Quienes me conocen bien saben que pueden contar conmigo.

*(Escrito por Juan Morales Agüero)

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