Grande, Pedrito | Revista La Calle
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Grande, Pedrito

Todavía se habla de Pedrito El Grande. El muchacho de Sancti Spíritus, inquieto como parece, le estaba pidiendo la bola insistentemente a José Raúl Delgado, hasta que este, con nada que perder, se la dio el mismo día que sentó a dos titulares, al rey del hit de la temporada y al paracortos de la selección nacional.

Pedro Álvarez se olvidó de las gradas del Sandino de Santa Clara y solo volvió a mirarlas cuando terminó con scon de ponches en el noveno inning. Entonces no pudo contener la euforia, se quitó la camiseta y la mostró como trofeo de victoria a las decenas de fanáticos que no dejaron solos a sus Gallos cuando parecía que iban a morir en su cuarta pelea ante los Leopardos de Eduardo Paret.

Pedrito se lió en un gran duelo con el veterano Yosvani Torres, quien no lanzaba un partido completo desde el pasado 20 de septiembre. El juego llegó a la parte alta del noveno con mínima ventaja de Villa Clara (1-0), pero en el inning anterior Ariel Sánchez le había sonado un batazo a Torres al que le faltaron centímetros para empatar la pizarra.

Sin embargo, el alto mando de los anaranjados no cogió esa seña, ni tampoco cuando Geiser Cepeda abrió el noveno con cañonazo. Los únicos con condiciones para emplear tres lanzadores por juego: abridor, preparador y cerrador, se olvidaron de la existencia del bullpen.

Pablo Luis Guillén llegó después que Yordan Manduley, quien se había pasado todo el tiempo mirando el juego desde el banco por su bajo rendimiento, pegara un bambinazo de tres carreras.

Si Pedrito se hizo Grande con ese éxito, el más sonado en su corta carrera, Yosvani fue una torre, que no mereció la mala suerte, pero lo dejaron más tiempo de lo que podía, y así se paga en el béisbol moderno un pitcheo de más.

Unas horas después, entrada la madrugada (¿por qué no se planificó un juego un día y otro al siguiente?) otro pinareño vivió un final al revés de su coprovinciano. A Raidel Martínez lo mandaron a un pulso de gladiadores contra Yosvani Alarcón, cuando había dos outs y los Leñadores amenazaban con empatar e irse delante en la pizarra para dejar tendidos por pollona a los Tigres en la otra semifinal.

Pero Raidel, cual matador curtido en Japón, sabiendo que Alarcón es impaciente en el home, lo ponchó con rectas supersónicas. Era el cuarto café amargo que se tomaba el máscara tunero esa noche.

Por lo menos, ningún equipo se fue en blanco en la postemporada. Y eso, a pesar de los desaguisados tácticos y estratégicos, es saludable.

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