Él era de la ciudad | Revista La Calle
medico rural

Él era de la ciudad

Despierta la aurora en el Guamuhaya. El paisaje es costumbrista: canta el gallo, rechina el rallar del arado en la tierra, y los pájaros que alertan a la mañana. Entre el jolgorio de la naturaleza campesina contrasta la estampa pulcra del doctor del pueblo que se asoma.

Él es de ciudad, pero el deber y el destino le han empujado hacia lo espeso de la montaña. Sus ojos ya no están vidriosos, como en los primeros días, en que el sueño le daba tángana, y el subir de las lomas le daban fatigas. Ahora se le puede ver ágil, despierto, presuroso por comenzar la faena de sube y baja entre caminos y piedras rompe botas.

Él es de ciudad, fue el destino y el deber quienes le colocaron entre aquella gente de corazón grato que le llaman médico, y le alcanzan, casi de modo religioso, el buchito de café recién cosechado a su consulta. Tiene su esteto, un efimo, y apenas una ambulancita de escasa salida. Eso sí, le sobra buen trato y especial atención. Le sobran sonrisas para las viejitas quisquillosas, y mimos para los niños majaderos. Es agudo, y no cierra el consultorio hasta después de la hora.

Lejos de su hogar, no tiene allí sus perfumadas sábanas o su microwave caliéntalo todo. Pero en la loma se curten los hombres, y este muchachón se ha crecido entre la montura de Pancho, el caballo flaco del pueblo; y las ranas que le saltan sin aviso en las noches.

Él es de ciudad. Bueno, aunque a lo mejor, era, porque dice que de allí no hay quien le saque ya, que aquellos guajiros son su familia, y la montaña, su mejor escuela.

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