¿Consumidores o adversarios vencidos? | Revista La Calle
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¿Consumidores o adversarios vencidos?

En la década de los años 50 del siglo pasado vi en una bodega (la de mi padre) un envase de cristal con caramelos que en su tapa se leía algo así como: “Un cliente contento es el mejor amigo del comerciante, ofrézcale mercancías de calidad”.

De allí se extraía la golosina para darle “la contra” o el obsequio a los niños, y antes de la Navidad se ofrecía a la clientela un aguinaldo que, mientras más compraba el cliente durante el año, mayor era.

Esas y otras prácticas de los bodegueros también incluían ventas a crédito para facilitar la adquisición de los productos y ganar clientes habituales, pues mientras más se vendía, la ganancia era superior.

De esto me acordé cuando el 31 de diciembre le hice esta pregunta a la empleada de la bodega donde adquiero la cuota: “¿Aparte del pan viene yogurt o algo más?”. La respuesta fue rápida, sin necesidad de pensarla: “Lo único que me faltaba para estar completa es que aparte del pan venga algo más… ¡hoy!”.

Por supuesto, como a todas las personas normales, además del pan me hacían falta muchas cosas más, sobre todo para seguir la costumbre de comer y beber lo mejor posible en las festividades de fin y principio de año.

El pero es el siguiente: ¡A la bodeguera lo que le hacía falta era no trabajar!, pero tenía la orientación del nivel superior de que este día de diciembre el horario fuera de 7:00 am a 2:00 pm y no de 7:00 am a 11:00 am y luego de 4:00 pm a 7:00 pm.

Los tiempos cambian y las técnicas comerciales también. En bodegas como las de mi padre, en el milenio pasado, había que ganarse al cliente, pues no estaban atados por la libreta de control de abastecimiento, y podían migrar hacia otro establecimiento que competía en atención, buen trato y mercancías de calidad para atraer compradores habituales.

Sin dudas, universalmente, las susodichas técnicas comerciales incluyen agredir al consumidor, aunque (tal vez, quizás, a lo mejor…) Cuba pudiera ser el lugar donde la agresión incluya el maltrato con mayor agudeza, pues en mercados foráneos son todo amabilidad para conseguir los propósitos del vendedor en contra del cliente, pues tratan de que la víctima salga contenta y regrese.

No es un concepto exclusivamente cubano el de que el consumidor necesita protección, pues al escribir en Google las palabras “protección al consumidor” reportó en 39 segundos 63 800 000 páginas web con materiales sobre el tema.

Quien necesite protección es porque lo agreden, una acción que realiza alguien en su contra, en este caso, el comerciante, como el caso de la susodicha bodeguera que primero impone su deseo de no trabajar antes que el de satisfacer las necesidades del prójimo.

La bodeguera, dependiente o empleada es la última pieza, la encargada de que el jaque sea mate, pues anteriormente otras se movieron para no transportar o demorar en dar salida del almacén, o se colocaron en posición de no producir, producir poco y hacerlo sin calidad.

Por eso, cuando el consumidor va al encuentro del comerciante, lo encuentra parapetado detrás de un mostrador que semeja una trinchera, o más bien un cuartel, donde está en posición ventajosa, y aprovechando su poderío concluye la jugada perfecta para derrotar al consumidor, que una y otra vez tendrá que acudir, le guste o no, a la misma bodega, la misma carnicería, el mismo mercado, la misma farmacia, el mismo hospital, la misma funeraria…

Como consumidores, todos estamos protegidos por la libreta, que ha funcionado con alta eficiencia y eficacia, pero antes de consumir hay que ser clientes para adquirir productos o servicios, que es el momento en que ocurren las agresiones.

Sería interesante usar instrumentos científico-técnicos para saber las opiniones sobre las últimas acciones llamadas de “protección al consumidor”, y entre todos hallar una solución que no puede ser igual a la aplicada por los comerciantes de la década de los 50 del siglo pasado, y que también debe ser diferente a la de otros países.

En el juego del ajedrez se hacen movidas de piezas para posicionarlas favorablemente en busca de ventajas, y esto se llama gambito, que quizás sea el proceder que falta para proteger de malos tratos a los clientes, además de leyes y normas que pueden existir al por mayor.

Como en casi todo, la clave es cómo hacer el gambito, más que para proteger al consumidor, disminuir la agresividad del que en vez de contrincante debiera ser amigo, sobre todo porque en un momento somos clientes, pero en otro somos quienes prestamos el servicio.

*(Escrito por Arturo Chang)

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