Caravana migrante: El camino triste de los pobres de América | Revista La Calle
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Caravana migrante: El camino triste de los pobres de América

Demoré en caminar junto a ellos lo que demoras en transitar 10 cuadras en La Habana; acaso 15 minutos para descubrir las síntesis de lo que son, o de lo que muestran ser. Hacía días en la ciudad anunciaban su paso, la Caravana de Migrantes pasaría por Guadalajara, pero como todos los fenómenos de las ciudades grandes, pensé que me quedaría lejos la posibilidad de verlos pasar, pero los vi.

Eran evidentes, sin carta o documento de identificación, podía saber que eran ellos. Llegaban con los zapatos corroídos por el fango, trayendo como único equipaje una mochila y una frazada para cubrirse el frío, la ropa del despojo, una gorra, el pelo suelto las mujeres. Venían sin banderas ni carteles, conversando con el de al lado; cogidos de las manos, los novios; agarrados de los cuellos, los hijos; con la manifestación de su enojo tatuada en la piel afectada por el sol del viaje; los ojos tristes, la mirada gacha que se hace poco simpática si se levanta.

Me decían cosas que nunca pude entender, con el acento aun no perdido de las regiones de Salvador, Honduras y Guatemala. Otros pedían limosnas. Vi jóvenes en la caravana, eran muchos.

Huyen del sonido estruendoso que provoca el hambre en sus estómagos, o peor, de escuchar ese sonido en la boca de sus hijos; vienen, perseguidos por el recuerdo de la furia fría de un arma amenazante entre sus sienes. Son pobres, los de la caravana de migrantes son un pueblo pobre de nuestra América.

Dijeron como el poeta: Caminante, aquí no hay camino…se hace camino al andar.

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                                                                     Procedentes en su mayoría de Honduras, Guatemala y El Salvador, algunos de los grupos que conforman la caravana arriban a la frontera de México con Estados Unidos. Foto: Internet

Guadalajara los recibió en tres centros de acogida de migrantes, la población fue convocada en las redes sociales para acudir a su ayuda como voluntarios, creo que muchos fueron, por curiosidad, por solidaridad.

¡Que se vayan! – gritaba otra parte de la población, la misma que injuria al presidente de los Estados Unidos cuando hace regresar a los hermanos mexicanos que permanecen indocumentados en el país del Norte. ¡Que se vayan, no los queremos aquí! – Gritaba el miedo a perder el puesto de trabajo, el miedo a que se incremente la violencia, el narco, el crimen, los robos.

Otros menos airosos se cuestionaban: ¿Cómo podemos ayudarlos, si nosotros también estamos mal? Poco a poco la ciudad que antes preguntaba con agrado: ¿De dónde vienes? Comienza a mirar desconfiada a todo aquel que no tiene rasgos mexicanos.

Verlos pasar fue la bofetada de mirarse en el espejo, como un emigrante, aunque sea por tiempo definido y en condiciones más ventajosas. Solo aquel que lo ha vivido puede entender el espanto que significa caminar por las piedras que no te vieron nacer, aferrarte a tu acento como quien se aferra a la Patria, resistirse a las nuevas palabras que de golpe se pegan de tanto escucharlas, entender que tus chistes, tu música, tu baile, no tienen sentido para las personas que te rodean. Virar la mirada hacia la Caravana de Migrantes es entender que como a ellos, la casa te pesa y vas a tenerte que ir despojando de ella hasta cargar contigo lo más importante: ¿una mochila, una frazada, los hijos? Y a pesar de eso, no dejar de soñar.

¿Con qué derecho la discriminación y el odio? ¿No les recuerda quiénes somos? La Caravana de Migrantes no es un solo pueblo de América Latina, yo vi en ellos a la Latinoamérica toda lanzando un grito ensordecedor y mudo al mismo tiempo… ¿Nadie escucha?

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La UNICEF ha estimado que alrededor de 2 300 niños viajan en la caravana. Foto: Internet

 

 

o: Internet

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