Barrio, pequeño país | Revista La Calle
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Barrio, pequeño país

Leopoldo Delgado tiene 75 años y vive solo en una casa. Me detengo en la aclaración del lugar, donde no encuentra compañía porque él asegura que le sobran las personas que permanecen pendientes de cuánto necesita material y espiritualmente.

“Hace 10 años perdí a mi compañera y, desde entonces, en estas cuatro paredes sólo estoy yo. Pero, no he necesitado más personas porque tengo una familia inmensa que se ocupa de mí, diariamente.  ¿Quiénes son? Mis vecinos, esos a los que no les permita la hora para llegar hasta la cabecera de mi cama”, dice.

Justamente, a esta hora de diálogo, este longevo espirituano recuerda uno de los momentos más duro de su vida, cuando al ser derrumbado por un motor en plena calle, padeció de inmovilidad en sus piernas, durante dos años.

“Pensé que me había llegado la hora, pero na´, ni el hospital, ni esta casa se vaciaron. La del al lado me traía el almuerzo, el sobrino del frente me cargaba para ir al baño y Cuca, otra de más adelante, se quedaba hasta que me dormía. Fueron dos años y nunca me tuve que preocupar por sacar los mandaos, comprar las pastillas, ir a los turnos o arreglar algo que se rompiera. Y todo fue espontáneo, cuando abrí los ojos en el médico tenía una batallón al lado mío que no se me despega. Por eso, lo digo siempre, a mí me sobra la gente”, añade, mientras saluda con una décima a Joaquín, un cuarentón, fiel compañero de los eternos torneos de dominó que se hacen en el parquecito, recién inaugurado por la comunidad, y donde, por años, radicó un vertedero.

Como la experiencia de Leopoldo, existen miles cuando se camina  barrio adentro en Cuba, sea cual sea la provincia. En esos espacios, conviven miles de personalidades que los convierten en los mejores escenarios de diálogo y desarrollo porque con la comunión de cada persona se generan acciones, desde todos los sectores.

Para Antonio Roig Santos, fundador de los Comités de Defensa de la Revolución, (CDR), esa distinción que nos hace únicos en el mundo se debe a que el pueblo cubano es consciente del valor de una sociedad justa, libre e independiente y que siempre ha abogado por el legado martiano de “Con todos y para el bien de todos”.

“Cuando tú preguntas en un barrio por alguien te puede responder lo mismo el presidente de los CDR, una integrante de la Federación de Mujeres Cubanas, (FMC), el de los combatientes o quien milita en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC),  o el Partido Comunista de Cuba (PCC), porque es donde coexistimos sin importar nivel de escolaridad, experiencia de vida,  creencia religiosa, trabajo, si se ha cumplido alguna pena judicial, en fin, nos integramos como una gran familia”, aclara quien obtuvo hace dos años el Premio del Barrio.

Según su experiencia, la máxima expresión de esa identificación con el entorno, es las reuniones de los cederistas y las Asambleas de rendición de cuenta porque se asiste de forma voluntaria.

“Allí no es solamente donde nos podemos quejar porque una calle está rota; el agua hace dos días que no sube al tanque del edificio o que se necesita un teléfono público en la zona; sino que, cada quien, plantea una solución a las problemáticas porque al resolverse, nos beneficiamos en colectivo”, dice.

LA PRÁCTICA EN EL BARRIO

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La alegría y la cooperación es el ambiente, que por lo general se respira entre vecinos. Foto: Abel Rojas Barallobre

Pasado más de 10 años, uno de los barrios espirituanos en el mismísimo corazón de la ciudad del Yayabo festejó la alegría de que una de sus arterias fuera arreglada integralmente. Atrás quedó la imagen de aguas albañales que corrían de una de sus puntas a la otra; la hierba que crecía sin medida y la basura que se acumulaba en sus huecos sinfín. En sólo una semana, la situación cambió y aunque el tiempo de labores se clasificó como de récord, no fue resultado de la magia, sino de la ayuda de varios de los vecinos de la zona.

Clara Batista, una jubilada del sector del Comercio dejó de dormir la siesta del mediodía durante todas esas jornadas, no sólo por el sonido del taladro y los carros que volteaban los materiales, ni velar porque no se llevaran el cemento y la arena como ocurrió en el caso de la reparación del paseo, sino porque se dedicó, de cuerpo y alma, a los especialistas.

“Estaba atenta para que los pomos de agua fría no les faltaran porque con el sol y el calor de julio cualquiera se deshidrata. Pero, el agua no salió de mi casa, otras vecinas también me ayudaron y con el cafecito también porque eso da fuerzas”, comenta, mientras Ramiro Correa, otro beneficiado con la obra, se mira las manos con las marcas que no le dejan mentir que perdió la cuenta de las carretillas de escombro que arrió.

“Llegábamos del trabajo y nos íbamos para la esquina a ayudar en lo que se necesitara. En mi vida, había cogido tanto polvo y cansancio pero la calle es tan mía como del Estado, así que no podía hacer menos”, expresa.

Quienes residen en la zona, rememoran que fueron muchas las reuniones, donde se habló de la situación de la calle y de las consecuencias hasta para la salud humana que generaba su condición. “Tanto le dio el cántaro a la fuente hasta que se rompió… -en este caso-, se arregló”, comenta Ulises Gutiérrez.

“En los barrios es quizás el lugar, donde tú puedes encontrar la mayor cantidad de opiniones y todas muy diversas. Aquí se habla a chaquetón quita´o y nadie te mira mal porque los rodeos provocan malas interpretaciones y demoras. Cuando se anda mal hay que alertar y sugerir y cuando hay que celebrar nos tiramos todos para el medio de la calle, sin cuestionar si yo di más dinero que tú para comprar los insumos de la fiesta”, asegura, quien, cada cierto tiempo, limpia la zanja de su cuadra para que la hierba que se acumula no “llame” a los mosquitos.

UN SOLO CORAZÓN

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En nuestras cuadras todas las personas son respetadas por igual. Foto: Abel Rojas Barallobre

Pero en los barrios cubanos no sólo se suceden ejemplos de trabajos en unidad para beneficiar obras de gran impacto como la reparación de una calle o de la bodega o el consultorio del médico y la enfermera de la familia, sino que se reportan miles de hechos que buscan mejoras de vida individualmente, tal y como lo refiere la familia Hernández Pérez.

La única fémina del hogar, Selma, apenas roza los 50 años y por problemas de salud fue jubilada de una de sus grandes pasiones: el magisterio. Sin embargo, no ha abandonado por completo su vocación. Cada tarde es ya habitual que a su puerta lleguen tanto estudiantes como padres, en busca de aclarar una duda o resolver con prontitud alguna situación vinculada con las letras y los números.

“Me piden cómo resolver un problema de Matemática u orientación para buscar fotos de los aborígenes para confeccionar el álbum que piden en la asignatura de Historia de Cuba, cuando comienza el quinto grado o les doy el diccionario para que aclaren alguna duda ortográfica. Eso para mí, es un placer. Pero, a esta casa no sólo llegan para verme a mí. Creo que somos muy populares”, explica.

Y lo dice sin aires de petulancia porque la verdad es que Jorge, su esposo y Jorgito, su hijo, le arreglan todo o casi todo a sus vecinos.

“Mi papá hace de albañil, plomero y hasta carpintero. En cambio, lo mío es lo de electrónica. Lo mismo desarmo un ventilador que una computadora. Esto es el puesto “médico” de los equipos del barrio. No importa la hora, siempre se les ayuda”, confiesa mientras coloca el último tornillo de una plancha antigua que calienta como nueva después que pasó por sus manos.

Y aunque, la propia diversidad de personalidades que conviven en un barrio, provoca que no todo el mundo tenga la misma disposición para elevar la calidad de vida de esos entornos, a lo largo y ancho de Cuba, sí suman los más que sus corazones laten al unísono en ese espacio semejante a un pequeño país.

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