Adiós a dos hijos ilustres de Cuba | Revista La Calle
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Adiós a dos hijos ilustres de Cuba

«Que fuesen más entregados al teatro cada día que transcurra; que lo vean como algo absolutamente religioso, como una realidad que está por encima de todos nosotros; como idea superior que con mucho estudio, persistencia, devoción y, ante todo, con mucho amor se puede alcanzar; ver en el teatro una especie de templo de la sensibilidad, de la humanidad para llegar a ser cada vez mejores. Si el teatro se viese de esta forma por parte de nuestros jóvenes, llegará a tener sin lugar a dudas grandes perspectivas de vida».

Era el consejo que el dramaturgo y novelista Nicolás Dorr le ofrecía a las nuevas generaciones en el año 2015, convidado por el portal de la cultura cubana, Cubarte, y en sus palabras no hacía más que autorretratarse el Premio Nacional de Teatro 2013, cuya muerte nos sorprendió este martes, asestándole un duro golpe a una nación que ha tenido que soportar la partida de otro ilustre hijo, el periodista, locutor e investigador Lino Betancourt Molina.

Poseedor de la Distinción por la Cultura Nacional y de la Medalla Alejo Carpentier, el autor de piezas como Vivir en Santa Fe, Nenúfares en el techo del mundo, Los excéntricos de la noche y La profana familia, por solo citar las más recientes, reconoció en la mencionada entrevista, que en su fructífera y exitosa carrera había tenido no pocas satisfacciones. «Se lo atribuyo a que siempre he mantenido una comunicación muy afectiva y efectiva con el público, que ha sabido apreciar mi trabajo.

«Rememoro dos momentos inolvidables de mi vida artística. Uno, cuando asistí con 12 años de edad al teatro del Palacio de Bellas Artes a realizar una pequeña obrita titulada Los ofrecimientos (1959), escrita por una gran autora, Dora Carvajal y dirigida por Adela Escartín. Fue un personaje pequeño el que interpreté, pero lo más importante para mí de aquella función única fue conocer a Dora Carvajal quien, de inmediato, me incorporó a su teatro de títeres. Me llevó con su grupo (¡nada menos!), que a la Ciénaga de Zapata con el objetivo de presentar una obra dirigida a los niños de aquel lugar tan olvidado por tantos gobiernos y que, tras el triunfo de la Revolución, iba cobrando otra envergadura.

«En mi caso —un niño proveniente de un ambiente burgués—, pude conocer una situación de pobreza bastante impresionante (…) Aquellas imágenes tan reales fueron de gran impacto para un niño de 12 años. Nos acompañaba un capitán (de apellido Luna, jamás lo olvido) del naciente Ejército Rebelde, combatiente muy amable quien al despedirse de nosotros recuerdo nos dijo: ¡Esta Revolución, que ahora comienza, es algo grande! ¡Va a acabar con toda esta pobreza…!

«Aquello ha marcado mi vida hasta hoy como momento imprescindible dentro de mi trayectoria artística. Y este siempre será mi eterno agradecimiento a la escritora Dora Carvajal.

«Otro gran momento para mí fue con la ocurrencia de lo que llegaron a ser dos grandes estrenos de mi autoría durante la década del 80: Una casa colonial y Confesión en el barrio chino. Ambas me dieron una satisfacción muy grande por los actores que trabajaron en ella y por el público, que las asumió como propias».

¿Cómo quisiera que lo recordasen?, le preguntaron entonces, a lo cual respondió: «Como aquel niño audaz quien, a los 14 años de edad y antes de crearse la Unión de Pioneros de Cuba, asistió a un teatro a estrenar su primera obra: Las Pericas. De haber existido la Unión de Pioneros, habría asistido con pañoleta». Puede descansar en paz este grande nacido el 3 de febrero de 1947, que conquistara el Premio Uneac de Literatura por El agitado pleito entre un autor y un ángel (1972).

También se ha marchado con el orgullo de habernos entregado una obra imprescindible, robusta, el enamorado eterno de la música cubana y especialmente de la trova. «Cuando yo era niño había un programa radial que conducía Pablo Medina, un erudito y gran melómano. Él me convidó a escuchar música buena. Mi amor por la trova comenzó cuando trabajaba como locutor en Santiago de Cuba, allá por los años 50. Yo tenía un espacio en CMKR que terminaba a las 12 de la noche. A esa hora salía de la emisora y me iba al mercado a comer. Allí me encontraba con algunos trovadores. En el trayecto hacia el hogar escuchaba las guitarras», le contó hace poco más de un año a Yenys Laura Prieto Velazco para El Caimán Barbudo.

Y fue cuando le dijo a la también premiada poeta que lo único que le quitaba el sueño era cuál sería el destino de su archivo personal cuando ya no estuviera. «No son materiales para mí, son para Cuba.

«Tengo un archivo grande conformado por grabaciones muy valiosas en cintas magnetofónicas y no sé qué sucederá con ellas cuando yo muera. Conservo testimonios del mismísimo Sindo Garay contando el origen de sus composiciones más conocidas; a Rosendo Ruiz cantando; hasta una entrevista realizada al gran maestro cubano Wilfredo Lam», enfatizaba quien firmó títulos como Compay Segundo, La trova en Santiago de Cuba, La trova y el bolero en Cuba. Apuntes para una historia y Lo que dice mi cantar.

Murió a los 88 años de edad este guantanamero, Premio Nacional de Radio y Artista de Mérito del Instituto Cubano de Radio y Televisión, que vio la luz en 1930 y tanto hizo por salvaguardar la memoria musical de su Cuba amada.

*(Escrito por José Luis Estrada Betancourt)

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